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viernes, 23 de noviembre de 2007

Presentación a Albertina (Inteligencia, sensibilidad y voluntad)

<<Algunos días después de la marcha de Saint-Loup, logré que Elstir diera una reunión íntima donde había de encontrar a Albertina; al salir del Gran Hotel hubo quien me dijo que estaba yo muy elegante y con muy buena cara (lo cual se debía a un largo reposo y especiales cuidados de mi toillete), y yo sentí no poder reservar mi simpatía y mi elegancia (así como el crédito de Elstir) para la conquista de una persona de más valía, y tener que consumir todo eso por el simple gusto de conocer a Albertina.
Mi inteligencia consideraba ese placer muy poco valioso desde que lo tuve asegurado. Pero mi voluntad no participó en un instante de esa ilusión, porque la voluntad es la servidora perseverante e inmutable de nuestras personalidades sucesivas; se oculta en la sombra, desdeñada, incansablemente fiel, y trabaja sin cesar y sin preocuparse de las variaciones de nuestro yo, para que no le falte nada de lo que necesita.
En el momento de ir a realizar un ansiado viaje, mientras que la inteligencia y la sensibilidad empiezan a preguntarse si realmente vale la pena viajar, la voluntad, sabedora de que esos dos amos ociosos otra vez considerarían tal viaje como cosa maravillosa en caso de que no se llegara a efectuar, las deja divagar delante de la estación y entregarse a múltiples vacilaciones; y ella va tomando los billetes y nos coloca en el vagón para cuando llegue la hora de la marcha. Todo lo que tienen de mudables sensibilidad e inteligencia lo tiene ella de firme; pero como es callada y no expone sus motivos, parece casi que no existe, y las demás partes de nuestra personalidad obedecen las decisiones de la voluntad sin darse cuenta, mientras que, en cambio, perciben muy bien sus propias incertidumbres.
Mi sensibilidad y mi inteligencia armaron, pues, una discusión respecto a la valía del placer que iba a sacar con la presentación a Albertina, mientras que yo miraba en el espejo aquellos vanos y frágiles adornos de mi persona que ellas dos hubieran querido guardar intactos para otra ocasión. Pero mi voluntad no dejó que se pasara la hora de salida y dió al cochero las señas de Elstir. Y, como ya la suerte estaba echada, mi inteligencia y mi sensibilidad se dieron el lujo de pensar que era lástima. Pero lo que es si mi voluntad hubiera dado otras señas, se habrían quedado con tres palmos de narices >>
Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido" ("A la sombra de las muchachas en flor", Ed Gallimar, 1919)

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domingo, 18 de noviembre de 2007

La habitación de Balbec

<<Nuestra atención es la que pone los objetos en un cuarto; el hábito es el que los quita y nos hace sitio. Para mí no había sitio en mi habitación de Balbec (mía solo de nombre); estaba llena de cosas que no me conocían, que me devolvieron la desconfiada mirada que les eché, y que, sin hacer caso alguno de mi existencia, denotaron que yo venía a estorbar la suya, tan rutinaria.

El reloj –en casa ya no oía el reloj más que unos cuantos minutos cada semana, tan solo cuando salía de una profunda meditación- siguió sin interrumpirse un instante, diciendo en desconocido idioma frases que debían de ser muy poco amables para mí, porque los cortinones color de violeta le escuchaban sin contestar nada, pero en actitud semejante a la de una persona que se encoje de hombros para indicar que le molesta la vista de un tercero(…)

Atormentábame la presencia de unos estantes con vitrinas que corrían a lo largo de las paredes; pero, sobre todo, había un gran espejo atravesado en medio de la habitación, cuya desaparición sería necesaria para que yo pudiese tener algún descanso.

A cada momento alzaba la vista –que en mi cuarto de París no se sentía incomoda, al igual que no se sentía incómoda por mis propias pupilas, porque no eran aquellas cosas sino anejos de mis órganos, una ampliación de mi persona- hacia el techo sobrealzado de aquella torre de lo alto del hotel (…) y como no tenía alrededor ningún universo ni habitación alguna, como no tenía sino un cuerpo amenazado por los enemigos que me cercaban, invadido hasta los huesos por la fiebre, me sentí solo, tuve deseos de morir.>>

Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido" ("A la sombra de las muchachas en flor", Ed. Gallimard, 1919)

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viernes, 2 de noviembre de 2007

"´...Y ahí va un detective privado siguiendo a una paloma"

<<¿Conocen este chiste?: dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una :- "Vaya, aquí la comida es realmente terrible." - Y contesta la otra: -"Sí, y además, ¡las raciones son tan pequeñas...!" Pues, básicamente, Así es como me parece la vida: llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza... y, sin embargo, se acaba demasiado deprisa>>

<<Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. En esas dos categorías. Y lo horrible son los enfermos incurables: los ciegos, los lisiados…no sé cómo pueden soportar la vida, me parece asombroso. Y los miserables somos todos los demás. Así que, al pasar por la vida, deberíamos dar gracias por ser miserables, por tener la suerte de ser miserables.>>

<<Y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: -“Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina.” –Y el doctor responde: -“Pues, ¿por qué no lo mete en un manicomio?” –Y el tipo le dice: “Lo haría, pero necesito los huevos.” Pues eso, más o menos, es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben?: son totalmente irracionales, y locas, y absurdas, pero supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, necesitamos los huevos.>>


“Annie Hall” (Woody Allen, 1977)

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miércoles, 24 de octubre de 2007

Correspondencia II

Babia, 24 de Octubre de 2007

Querido Xero:

Compruebo, por la mordaz prosa de su anterior carta, que sigue usted sin perdonarme que le ganara aquella partida de ajedrez. Pero, ¡por amor de Dios!, ¿Cómo no iba a ganar a una persona que se comió a su propia reina? Literalmente, además. Y luego hablaba mientras se la comía, escupiendo trozos de marfil, o de dientes, ¿quién sabe? Porque usted, querido amigo, siempre tuvo los dientes muy amarillos.

Usted jugaba a blancas.

De ahí su posdata. Desde aquel fatídico día, sigue usted repitiendo una y otra vez la misma partida mentalmente, da igual que nadie juegue con usted. Es más, hay quien asegura que en las noches cerradas o de tormenta, usted no descansa bien y habla en sueños, y se le escucha decir “alfil a C7”. Claro que también aseguran que se le escuchan otro tipo de oraciones como “le haría el amor a Maria Teresa Campos”, “¿Qué hace este cura en mi casa con su flamante coche nuevo?” y “Robo farmacias porque ellos me roban a mí”.

Ya que pregunta usted por la Jenny, le contaré que se fue con viento fresco el día que se le cruzó un buen chico (o no, eso nunca lo sabemos, ¿verdad?). Los primeros días quizá sí sentí un vacío en mi interior que solo unas tortitas como ella sabía hacer hubieran llenado, pero en el momento en el que me di cuenta que no perdí una mujer, sino que gané un mundo, corrí despavorido hacia la puerta, para colocar delante de ella el piano de cola, con el fin de que nunca pudiera abrirla para volver.

Resultó que la puerta se abría hacia fuera. Llámelo capricho del destino si quiere.

Así que andamos en vilo.

Con respecto a lo de la parálisis, me encuentro mucho mejor. Gracias por preguntar. La sonrisa medio torcida aún la conservo. Los médicos creen que son secuelas, pero en realidad, es cosa mía. Tal y como ha transcurrido la vida, no me atrevo a sonreír del todo. Las parálisis duelen más cuando son en el alma, créame. Además, cuando uno sonríe abiertamente, sale como un idiota en las fotografías.

Bastante tengo con parecer un idiota en la vida real.

Como ya le expliqué en mi anterior carta, he tenido que exiliarme del pasado. Creí haberme escapado de él, salí de mi casa, salí de mi calle, crucé el ecuador, llegué a este mohoso lugar, y al abrir la maleta, allí estaba él. Y me ha seguido, y ahora está junto a mí, leyendo estas líneas por encima de mi hombro, fumándose un cigarro, echándome el humo a la cara, e intuyo que nunca se va a ir.

Ahora se ha molestado por lo que he escrito y se ha ido dando un portazo. Se hace el molesto, pero en realidad se ha ido a ver “Muchachada Nui” que estará empezando ahora. Es el único momento en el que me deja tranquilo.

Además, es curioso, porque se lleva muy bien con la gata.
Será porque los dos son unos hijos de la gran puta.
Poco más por aquí: El Babia F.C. ha vuelto a perder, sigue sin dejar de llover, he descubierto una incipiente gotera en el baño, la cual portaba orgullosamente una sepia, y el flexo parpadea demasiado como para seguir escribiendo.
Espero su respuesta.

Atentamente, su siempre amigo, Willy the bee

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lunes, 22 de octubre de 2007

Cómo hacer una entrada para "The circus is in town"

Ingredientes para 4 comensales:

-Un vaso ancho de whisky con dos hielos
-Mahoma
-Acido desoxirribonucleico con judías verdes
-Mahoma otra vez
-125 gramos de trufa
-125 gramos de trufa de la otra, que se ha equivocado, esa que me ha traído no era
-Una cuchara de palo que haya pertenecido a San Arturo de los Inocentes.
-Una monja
-Una pera
-Una foto del Yeti
-El Yeti
-Mahoma

Instrucciones

1) Despiértese a las 6: 43 de la madrugada exactamente
2) Vuelva a dormirse
3) Despiértese de nuevo a las 6: 52
4) Una vez hecho esto que no sirve para nada, despierte a su marido
5) Si no tiene marido cásese
6) Si es un hombre da igual, ahora se puede, luego si quiere se divorcia.
7) Si no quiere, no
8) Pero si quiere, si
9) Pero haga lo de la separación de bienes, si no se quedará con la mitad de sus cosas
10) Si tiene más dinero que usted no la haga
11) O si quiere, sí
12) Pero si no quiere, no.
13) Ponga lo que viene siendo un chorro de un segundo y medio de leche en un cacharro y bébaselo a buche.

14) Repita la operación
15) Ahora en ese cacharro vierta unos cereales de los que sale el tigre en la carátula
16) Agítelos
17) Añádale uranio empobrecido, lo puede encontrar en cualquier supermercado iraní.
18) Póngalo en el horno y déle a autolimpiado (si su horno no tiene autolimpiado, le costará el limpiarlo usted mismo/a)

En el tiempo que espera usted podrá:

a) Llevar al niño a futbito
b) Acribillar al perro a balazos, del calibre 45
c) Correr en círculos
d) Vomitar
e) Morirse


19) Saque el pavo del horno (que debió meter previamente algún día)

20) Revuélvalo con los cereales con uranio, y añada una película de Paul Newman, un póster soviético y una moneda de un duro de las que salía el rey muy jovencito.

21) Espolvorear mierda porcina por lo alto y ya tendrá usted una entrada que da gusto de tirarla a hacer puñetas a la basura. Con Dios, señora.
Entrada basada en la idea original de Xero_Phuss en su entrada "Cómo hacer una entrada de "Alfiles Krausistas". Bases depositadas en el cubo azul. El politono es una versión del original. Esta colección consta de 65 entregas, a partir de la segunta cuetan 6'50 euros bielorrusos. Los Reyes son los padres. Hace demasiado que "Iguana Tango" no saca ningún disco, tal vez no saquen uno nunca más.
Gustosamente, Willy the Bee

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viernes, 28 de septiembre de 2007

Correspondencia

Querido Xero:

Acabo de llegar al otro extremo del mundo, un lugar que, tarde o temprano, tendré que aceptar como mi hogar.

Cualquier destino me es indiferente. Cualquier sitio es bueno para sentarse y fumarse un cigarro, de no ser porque hace tres semanas que no sale el sol (desde que llegué no paró de llover). Y porque no tengo cigarros. Y porque no fumo.

Como bien sabes, el motivo de mi viaje es meramente profesional, desde que me echaron del hospital al descubrir que no tengo la licenciatura de medicina, tuve que emigrar a este sórdido país, donde sí aceptan médicos como yo, y no les cuestionan sus técnicas propias como operar con una cuchara de palo.

¿Qué si da dentera? Hombre, pues si, bastante, pero solo tengo dos cucharas: una de metal y una de palo, y no pienso servirme el helado con la de palo, porque no me gusta el helado.

Mi nueva casa es muy acogedora, aunque la casera me obligue a vivir con un gato. Una gata más concretamente. Una gata que defeca con asombrosa asiduidad. Asombrosa, en serio. Asombrosa incluso para mí, y recuerda que soy médico y he visto de todo, (porque tengo el Discovery Channel), aunque el colegio de medicina diga lo contrario (de que soy médico, no de que tenga el Discovery Channel, sobre eso no se han pronunciado ¡faltaría más!). Yo digo que los del colegio de medicina son dinosaurios. Ya estamos empate. ¿Quién tiene más razón? Pues probablemente ellos. ¿Y acaso eso los hace más creíbles que yo? Pues probablemente sí.

Por cierto, no quería dejar pasar esta oportunidad de preguntarte que tal sigue tu madre. Después de que aquel tren la atropellara a más de doscientos kilómetros por hora, nunca volvió a ser la misma. Recuerdo perfectamente aquel momento cuando la levantamos del suelo y exclamó: “alguna hostia también se ha llevado él”. Para ser nonagenaria tenía mucha energía. Y muchos perros. Setenta y ocho perros tenía. Todos iguales. Recuerdo que una vez le robé uno y se dio cuenta. ¿Siguen bien todos? Bueno, los setenta y siete que le quedaban. El que le robé se me murió. Fue un accidente. Si llego a saber que la chimenea estaba encendida no lo hubiera metido dentro. O al menos no tanto tiempo. Ni le hubiera propinado aquellos quince balazos. Pero no es bueno que me torture por ello. Cualquiera comete un error. Como las veinte puñaladas que le dí. O el tirarle piedras a la cabeza. Repetidas veces.

Con respecto a la deuda que tengo pendiente contigo, no te preocupes que te la pagaré poco a poco. De hecho iba a meter 50 euros en el sobre, pero ya lo he cerrado.

Bueno, saludos y te dejo, que tengo al cartero aquí esperando de hace largo rato a que termine. Lo he entretenido con una torrija de mentira, pero no tardará en darse cuenta que es solo una madeja de lana con un duro de Franco pegado.

Recuerdos desde la otra esquina del mundo, tu amigo, Willy the Bee

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jueves, 20 de septiembre de 2007

Reflexiones a tiempo real de un superheroe sobrealimentado, capítulo III

Hoy tengo que ir al banco a sacar mi sueldo del mes. Mi sueldo por no hacer nada. Mi recompensa por estar con depresión. Mi premio por haberme dado cuenta de que la vida es una mierda.

En fin, salgo a la calle con unos vaqueros y una camisa arrugada, y me pongo mi sombrero nada más salir por la puerta.

Como es primero de mes, el banco está lleno de personas mayores haciendo cola para cobrar su pensión de jubilación. Espero pacientemente sentado en una de estas genéricas sillas azules sin personalidad, que van pegadas unas al lado de otras.

Empiezo a hacer mentalmente la lista de las cosas que voy a comprar en el super, y cuando me quiero dar cuenta, me percato de que mi cabeza hace rato ya que está en otra cosa distinta.

Me estaba viendo a mi mismo, el día en que conocí a “The Amazing Lion Woman”, a la que yo, cariñosamente, terminé por llamar ‘Maizy’.

Estaba amenazando la ciudad un malvadísimo villano, el Doctor (de doctorado, en telecomunicaciones) Hediondo. Pues, al verlo yo en una azotea, tirando al suelo la ropa blanca que había tendida en ella, me lancé con mi capa por la ventana y llegue hasta donde él se encontraba. Después de una charla de mediana duración con preguntas tópicas y respuestas recurrentes, empezamos a darnos de hostias. Cuando por fin lo maté (que yo creí que sí, pero luego fue que no), escuché unos gritos que provenían del cuartucho que había para los cables de las antenas; abrí la puerta de un leñazo, y allí estaba ella. Salió entre el polvo, tosiendo, con la tos más dulce que jamás haya oído nadie. Y me dijo:
-“Gracias por sacarme de aquí, soy ‘The Amazing Lion Woman’, ¿Tu cómo te llamas?”
-“Anexomán”- le dije, con un gran esfuerzo
-“Pues muchas gra….”
-“¡¡AL SUELO!!” Le grité, mientas la empujaba hacia atrás y la tiraba lejos, de espaldas, pues el cabrón del Dr. Hediondo no había muerto y nos lanzó una de sus bombas fétidas mientras huía gritando que volvería. Sus bombas fétidas no eran como las de ahora, aquellas eran más dolorosas y más fétidas. El caso es que volví hacia ella y le pregunte si estaba bien, y me rodeo el cuello con los brazos y me dijo que sí, que gracias a mí había… ¡Oh, vaya!, me toca ya.

Terminada la transacción con éxito, me voy al super. Cojo un carrito y me comienzo a pasear por entre los estantes. Al pasar por la sección de congelados mi cabeza vuelve a perderse en recuerdos. Ahora estaba en la noche que vino seguida al día en que la conocí. La llevé a mi casa, porque estaba algo herida y si hubiera aparecido así en su pensión, se habría ido a hacer puñetas su identidad secreta. Pusimos una peli malísima de Woody Allen, (Match Point, creo que se llamaba) nos reímos cuando se nos quemaron las palomitas de microondas, empezamos a contarnos nuestras hazañas y una cosa llevó a la otra. Luego, de repente, pasaron una eternidad de años, sin saber ni como, y me encontré a mi mismo empujando un carrito de supermercado lleno de pizzas congeladas.

Pago en caja, meto la compra en bolsas y me dispongo a guardarlo todo en el maletero de mi Ford Fiesta rojo, pero un grupo de niños estaba jugando al fútbol junto a el, propinándole un sonoro balonazo.

Les digo, tratando de no caerles mal, que tengan un poco de cuidado, que se diviertan sin causar problemas a los demás, pero el mayor de ellos (que tendría 15 años, aproximadamente) me pregunta de forma desafiante que si la calle es mía, mientras sujetaba un cigarro con su mano derecha.

-“Era mía” (pensé, pero no me atreví a contestarle)

Subo las cosas al coche y arranco, y conduzco hasta un primer semáforo en rojo. Se me acerca alguien con un cartel, subo la ventanilla y lo ignoro. Es curioso, porque me he metido en casas ardiendo, en barcos hundiéndose y en edificios derrumbándose, y me he peleado contra los más peligrosos enemigos para ayudar a la gente, y sin embargo, viene un pobre hombre pidiéndome cincuenta céntimos para comer, y subo la ventanilla.

Aquella noche en que Maizy se fue, dura todavía. Aún tengo esa misma sensación en la parte posterior de la garganta. Aún recojo los platos justo después de comer, como ella me obligaba a hacer. Aún me parece que va a salir del baño secándose el pelo. Aún me echo hacia un lado en la cama para no molestarla.

Se pone el semáforo en verde, me pita el de detrás.

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