Reflexiones a tiempo real de un superheroe sobrealimentado, capítulo III
Hoy tengo que ir al banco a sacar mi sueldo del mes. Mi sueldo por no hacer nada. Mi recompensa por estar con depresión. Mi premio por haberme dado cuenta de que la vida es una mierda.
En fin, salgo a la calle con unos vaqueros y una camisa arrugada, y me pongo mi sombrero nada más salir por la puerta.
Como es primero de mes, el banco está lleno de personas mayores haciendo cola para cobrar su pensión de jubilación. Espero pacientemente sentado en una de estas genéricas sillas azules sin personalidad, que van pegadas unas al lado de otras.
Empiezo a hacer mentalmente la lista de las cosas que voy a comprar en el super, y cuando me quiero dar cuenta, me percato de que mi cabeza hace rato ya que está en otra cosa distinta.
Me estaba viendo a mi mismo, el día en que conocí a “The Amazing Lion Woman”, a la que yo, cariñosamente, terminé por llamar ‘Maizy’.
Estaba amenazando la ciudad un malvadísimo villano, el Doctor (de doctorado, en telecomunicaciones) Hediondo. Pues, al verlo yo en una azotea, tirando al suelo la ropa blanca que había tendida en ella, me lancé con mi capa por la ventana y llegue hasta donde él se encontraba. Después de una charla de mediana duración con preguntas tópicas y respuestas recurrentes, empezamos a darnos de hostias. Cuando por fin lo maté (que yo creí que sí, pero luego fue que no), escuché unos gritos que provenían del cuartucho que había para los cables de las antenas; abrí la puerta de un leñazo, y allí estaba ella. Salió entre el polvo, tosiendo, con la tos más dulce que jamás haya oído nadie. Y me dijo:
-“Gracias por sacarme de aquí, soy ‘The Amazing Lion Woman’, ¿Tu cómo te llamas?”
-“Anexomán”- le dije, con un gran esfuerzo
-“Pues muchas gra….”
-“¡¡AL SUELO!!” Le grité, mientas la empujaba hacia atrás y la tiraba lejos, de espaldas, pues el cabrón del Dr. Hediondo no había muerto y nos lanzó una de sus bombas fétidas mientras huía gritando que volvería. Sus bombas fétidas no eran como las de ahora, aquellas eran más dolorosas y más fétidas. El caso es que volví hacia ella y le pregunte si estaba bien, y me rodeo el cuello con los brazos y me dijo que sí, que gracias a mí había… ¡Oh, vaya!, me toca ya.
Terminada la transacción con éxito, me voy al super. Cojo un carrito y me comienzo a pasear por entre los estantes. Al pasar por la sección de congelados mi cabeza vuelve a perderse en recuerdos. Ahora estaba en la noche que vino seguida al día en que la conocí. La llevé a mi casa, porque estaba algo herida y si hubiera aparecido así en su pensión, se habría ido a hacer puñetas su identidad secreta. Pusimos una peli malísima de Woody Allen, (Match Point, creo que se llamaba) nos reímos cuando se nos quemaron las palomitas de microondas, empezamos a contarnos nuestras hazañas y una cosa llevó a la otra. Luego, de repente, pasaron una eternidad de años, sin saber ni como, y me encontré a mi mismo empujando un carrito de supermercado lleno de pizzas congeladas.
Pago en caja, meto la compra en bolsas y me dispongo a guardarlo todo en el maletero de mi Ford Fiesta rojo, pero un grupo de niños estaba jugando al fútbol junto a el, propinándole un sonoro balonazo.
Les digo, tratando de no caerles mal, que tengan un poco de cuidado, que se diviertan sin causar problemas a los demás, pero el mayor de ellos (que tendría 15 años, aproximadamente) me pregunta de forma desafiante que si la calle es mía, mientras sujetaba un cigarro con su mano derecha.
-“Era mía” (pensé, pero no me atreví a contestarle)
Subo las cosas al coche y arranco, y conduzco hasta un primer semáforo en rojo. Se me acerca alguien con un cartel, subo la ventanilla y lo ignoro. Es curioso, porque me he metido en casas ardiendo, en barcos hundiéndose y en edificios derrumbándose, y me he peleado contra los más peligrosos enemigos para ayudar a la gente, y sin embargo, viene un pobre hombre pidiéndome cincuenta céntimos para comer, y subo la ventanilla.
Aquella noche en que Maizy se fue, dura todavía. Aún tengo esa misma sensación en la parte posterior de la garganta. Aún recojo los platos justo después de comer, como ella me obligaba a hacer. Aún me parece que va a salir del baño secándose el pelo. Aún me echo hacia un lado en la cama para no molestarla.
Se pone el semáforo en verde, me pita el de detrás.
En fin, salgo a la calle con unos vaqueros y una camisa arrugada, y me pongo mi sombrero nada más salir por la puerta.
Como es primero de mes, el banco está lleno de personas mayores haciendo cola para cobrar su pensión de jubilación. Espero pacientemente sentado en una de estas genéricas sillas azules sin personalidad, que van pegadas unas al lado de otras.
Empiezo a hacer mentalmente la lista de las cosas que voy a comprar en el super, y cuando me quiero dar cuenta, me percato de que mi cabeza hace rato ya que está en otra cosa distinta.
Me estaba viendo a mi mismo, el día en que conocí a “The Amazing Lion Woman”, a la que yo, cariñosamente, terminé por llamar ‘Maizy’.
Estaba amenazando la ciudad un malvadísimo villano, el Doctor (de doctorado, en telecomunicaciones) Hediondo. Pues, al verlo yo en una azotea, tirando al suelo la ropa blanca que había tendida en ella, me lancé con mi capa por la ventana y llegue hasta donde él se encontraba. Después de una charla de mediana duración con preguntas tópicas y respuestas recurrentes, empezamos a darnos de hostias. Cuando por fin lo maté (que yo creí que sí, pero luego fue que no), escuché unos gritos que provenían del cuartucho que había para los cables de las antenas; abrí la puerta de un leñazo, y allí estaba ella. Salió entre el polvo, tosiendo, con la tos más dulce que jamás haya oído nadie. Y me dijo:
-“Gracias por sacarme de aquí, soy ‘The Amazing Lion Woman’, ¿Tu cómo te llamas?”
-“Anexomán”- le dije, con un gran esfuerzo
-“Pues muchas gra….”
-“¡¡AL SUELO!!” Le grité, mientas la empujaba hacia atrás y la tiraba lejos, de espaldas, pues el cabrón del Dr. Hediondo no había muerto y nos lanzó una de sus bombas fétidas mientras huía gritando que volvería. Sus bombas fétidas no eran como las de ahora, aquellas eran más dolorosas y más fétidas. El caso es que volví hacia ella y le pregunte si estaba bien, y me rodeo el cuello con los brazos y me dijo que sí, que gracias a mí había… ¡Oh, vaya!, me toca ya.
Terminada la transacción con éxito, me voy al super. Cojo un carrito y me comienzo a pasear por entre los estantes. Al pasar por la sección de congelados mi cabeza vuelve a perderse en recuerdos. Ahora estaba en la noche que vino seguida al día en que la conocí. La llevé a mi casa, porque estaba algo herida y si hubiera aparecido así en su pensión, se habría ido a hacer puñetas su identidad secreta. Pusimos una peli malísima de Woody Allen, (Match Point, creo que se llamaba) nos reímos cuando se nos quemaron las palomitas de microondas, empezamos a contarnos nuestras hazañas y una cosa llevó a la otra. Luego, de repente, pasaron una eternidad de años, sin saber ni como, y me encontré a mi mismo empujando un carrito de supermercado lleno de pizzas congeladas.
Pago en caja, meto la compra en bolsas y me dispongo a guardarlo todo en el maletero de mi Ford Fiesta rojo, pero un grupo de niños estaba jugando al fútbol junto a el, propinándole un sonoro balonazo.
Les digo, tratando de no caerles mal, que tengan un poco de cuidado, que se diviertan sin causar problemas a los demás, pero el mayor de ellos (que tendría 15 años, aproximadamente) me pregunta de forma desafiante que si la calle es mía, mientras sujetaba un cigarro con su mano derecha.
-“Era mía” (pensé, pero no me atreví a contestarle)
Subo las cosas al coche y arranco, y conduzco hasta un primer semáforo en rojo. Se me acerca alguien con un cartel, subo la ventanilla y lo ignoro. Es curioso, porque me he metido en casas ardiendo, en barcos hundiéndose y en edificios derrumbándose, y me he peleado contra los más peligrosos enemigos para ayudar a la gente, y sin embargo, viene un pobre hombre pidiéndome cincuenta céntimos para comer, y subo la ventanilla.
Aquella noche en que Maizy se fue, dura todavía. Aún tengo esa misma sensación en la parte posterior de la garganta. Aún recojo los platos justo después de comer, como ella me obligaba a hacer. Aún me parece que va a salir del baño secándose el pelo. Aún me echo hacia un lado en la cama para no molestarla.
Se pone el semáforo en verde, me pita el de detrás.
Etiquetas: Reflexiones



1 comentarios:
A las 27 de septiembre de 2007 a las 2:11 ,
xerofernandez ha dicho...
[suspiro]Ayyyy[/suspiro], este Anexomán, con lo grande que fue en la Edad de Oro de los supertíos/as, cuando los tebeos los vendían a 50 centavos la grapa, en cuyas portads siempre aparecía el tío Sam y su "I Want You".
Y aquí le vemos, todo encocao hasta el tálamo (óptico(y nasal))...
¿Qué será, será, de él en el próximo episodio? ¿Conseguirá abrir un yogur de coco sin salpicarse con el liquidillo ese? ¿Podrá ucharse sin tener que sufir esas molestas y fatigosas idas y venidas del termo? ¿O será capaz de cambiar de cadena sin tener que pulsar todos los botones con sus gordos y roñosos dedos?
¡Eso namás que lo sabe la Divina Providencia, y tres o cuatro mentes pensantes más!
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