Presentación a Albertina (Inteligencia, sensibilidad y voluntad)
<<Algunos días después de la marcha de Saint-Loup, logré que Elstir diera una reunión íntima donde había de encontrar a Albertina; al salir del Gran Hotel hubo quien me dijo que estaba yo muy elegante y con muy buena cara (lo cual se debía a un largo reposo y especiales cuidados de mi toillete), y yo sentí no poder reservar mi simpatía y mi elegancia (así como el crédito de Elstir) para la conquista de una persona de más valía, y tener que consumir todo eso por el simple gusto de conocer a Albertina.
Mi inteligencia consideraba ese placer muy poco valioso desde que lo tuve asegurado. Pero mi voluntad no participó en un instante de esa ilusión, porque la voluntad es la servidora perseverante e inmutable de nuestras personalidades sucesivas; se oculta en la sombra, desdeñada, incansablemente fiel, y trabaja sin cesar y sin preocuparse de las variaciones de nuestro yo, para que no le falte nada de lo que necesita.
En el momento de ir a realizar un ansiado viaje, mientras que la inteligencia y la sensibilidad empiezan a preguntarse si realmente vale la pena viajar, la voluntad, sabedora de que esos dos amos ociosos otra vez considerarían tal viaje como cosa maravillosa en caso de que no se llegara a efectuar, las deja divagar delante de la estación y entregarse a múltiples vacilaciones; y ella va tomando los billetes y nos coloca en el vagón para cuando llegue la hora de la marcha. Todo lo que tienen de mudables sensibilidad e inteligencia lo tiene ella de firme; pero como es callada y no expone sus motivos, parece casi que no existe, y las demás partes de nuestra personalidad obedecen las decisiones de la voluntad sin darse cuenta, mientras que, en cambio, perciben muy bien sus propias incertidumbres.
Mi sensibilidad y mi inteligencia armaron, pues, una discusión respecto a la valía del placer que iba a sacar con la presentación a Albertina, mientras que yo miraba en el espejo aquellos vanos y frágiles adornos de mi persona que ellas dos hubieran querido guardar intactos para otra ocasión. Pero mi voluntad no dejó que se pasara la hora de salida y dió al cochero las señas de Elstir. Y, como ya la suerte estaba echada, mi inteligencia y mi sensibilidad se dieron el lujo de pensar que era lástima. Pero lo que es si mi voluntad hubiera dado otras señas, se habrían quedado con tres palmos de narices >>
Marcel Proust, "En busca del tiempo perdido" ("A la sombra de las muchachas en flor", Ed Gallimar, 1919)
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